Las instituciones financieras operan en un entorno donde cada producto, servicio e interacción con el cliente tiene implicancias regulatorias. El aumento en la fiscalización exige una gestión precisa de grandes volúmenes de datos de clientes, cuentas y transacciones. Cada línea de producto introduce sus propias reglas en términos de cumplimiento tributario y confianza digital, generando miles de obligaciones a nivel local e internacional.
Cuando los datos y procesos se encuentran distribuidos en múltiples sistemas y equipos, mantener la precisión se vuelve más difícil, aumentando el riesgo de inconsistencias, brechas de cumplimiento y pérdida de confianza.